martes, 25 de diciembre de 2007

Lenguaje: cómo me gusta abusar de vos

Me siento a escribir. Pero cuando más se me ocurren cosas es cuando estoy en la cama[1]; por dormirme. O por despertarme. Generalmente cuando estoy por dormirme, pero sin mucho sueño. Digamos, por rutina o sencillamente por placer. A veces retengo esas ideas hasta el otro día para plasmarlas en papel o algún documento de Word. A veces vuelvo a encender la luz, aplico el mayor poder de abstracción posible y sintetizo en pocas palabras la idea matriz. A veces no retengo nada y pienso dónde habrán quedado esas ideas. Si en algún lugar del encéfalo: perdidas entre materia gris, huérfanas de cuerpos neuronales. Sin esperanza de una nueva sintaxis. O se habrán desprendido definitivamente de mi organismo para no volver nunca más.
Son cosas que pienso.
Pienso qué cosas son las que me interesan; las que me hacen detenerme para pensar un poquito en la realidad circundante. Para naturalizar cada vez menos y sentir que el mundo cambia[2], cada vez. Que es una radiación nueva o una nueva forma de amor, o de arte, o una hojilla JOB. Que la idea de omnipresencia es válida si lo pretendo o que la omnisapiencia está cada vez más lejos de mí; siempre estará bien lejos. Y eso me estimula, me incita a seguir.
Todo eso pienso cuando me siento a escribir. Aunque siempre existan turbaciones: que vayámonos rápido sino llegamos tarde, que suena el teléfono[3] o brilla demasiado un chirimbolo, y yo ya me empiezo a transportar. Escribir en navidad pero no escribir sobre navidad. Comer sushi en navidad. Tomar guaraná. Derretir turrones de chocolate con el calor de la boca; recibir con gusto al cacao. Masturbarse con azúcar en la sangre, escribir con un vaso de agua fría.
Aún no terminé el Control de lectura, pero primero quiero terminar éste. Son cosas que elijo hacer, deliberadamente. Como cuando elijo dónde sentarme en un ómnibus –522, 538, 181 ó 183–. (Los COME me parecen más cómodos, aunque tienen menor cantidad de asientos). Escribo sobre cualquier cosa antes de relatar esta historia; escucho, veo, leo, miro, canto, bailoteo y noto cómo esta primer parte se asemeja a alguna crónica de Arlt. Sonrío. Me sirvo más agua fría.

[1] Que es mi cama y no otra. Con la dureza y densidad que la caracteriza. Con el tamaño perfecto: como para dormir en diagonal. Ideal.
[2] Que suena bastante pretensioso, pero al fin de cuentas, es real. Y poco tangible. Y nada verosímil.
[3] Detestable, como siempre.

martes, 18 de diciembre de 2007

enero de 2006



Éste es el fotopost posterior a la porquería anterior. La verdad es que como que me arrepentí de postearlo (me gusta emplear el "como" innecesariamente). "M" está mal escrito y no tengo ganas de mejorarlo. Me resulta fácil mejorar textos que tratan de cualquier cosa menos de relaciones con tipos. Tocar esos textos me cuesta. No sé por qué. En fin, no desposteé por respeto a los bloggers que comentaron... de paso un gran "gracias" para los que siempre me dan para adelante. El terciopelo multicolor satura sus tantos colores en esos momentos.

Y ahora, a lo que trata el título. Planchas de contacto de mi enero de 2006. A seguir laburando para volver el año que viene... Y algo que no tiene nada quever: vean 2046.

viernes, 14 de diciembre de 2007

M

–Cero nueve nueve, equis equis dos, uno equis equis –inexplicablemente, esos nueve números, y en ese orden, salieron de tu boca. Quizá un par de whiskies influyeron. O la euforia de ese día. O una simple, y buena, primera impresión. No acostumbrás darle tu celular a cualquiera. Tampoco es que te lo pasen pidiendo.
Recién, un mes después, empezaron los “mensajitos de texto”. “No te llamé porque tenía novia, pero me acuerdo perfectamente de vos; quiero que nos veamos, ojalá no sea tarde”. Juntaba todas las características del típico archiconocido cuentero –y algunas más–. Algo te atraía: el penthouse donde vivía solo, el buen laburo donde estaba acomodado o ambas cosas.
–A las nueve en Don Trigo.
El verano había empezado a instalarse. Llevabas un pantalón suelto, blanco y una camiseta verde agua, corta y ajustada. Traías, debajo del brazo, “Demian”, de Hermann Hesse; él, las llaves del auto. ¿De qué hablaron esa noche? Nadie recuerda.
Fue la segunda vez que se vieron que comenzó el contacto, el acercamiento corporal; cuando empezó a descubrir tu Ralph Lauren y empezaste a querer su L'eau d' Issey, cuando empezó a acariciar tu pelo lacio y tus dedos finos y largos. Cuando a todo esto se agregó esa palabrita clicheé que tanto detestás: química. Palabrita que multiplicó grados y más grados.
Vibró un par de veces y leiste: “toy en la puerta”. Te pusiste una campera y saliste; no te gustaba el gusto a cigarro que tenía en la boca. De fondo sonaba un tema de Jamiroquai. Fueron a cenar y a su apartamento: entre cama a medio hacer, helado y Baileys, supieron divertirse. Fue la primera noche de sexo. Tranquilo. Amarillo.
No te importaba que estuviera con otras y no te importaba de verdad; pocas veces te pasó eso. A veces, él fingía estar interesado en tu vida amorosa y social; vos, ser superficial. Te encantaba desdoblarte y hablar de estupideces por ese rato: de marcas, de ropa, de autos... Te gustaba que un hombre te dijera qué bien quedaban esas botas con ese saco. Te gustaba que te pase a buscar por La Española con Coca light y pasitas bañadas. Te gustaba y no te gustaba pasar los cien kilómetros por hora.
Los demás eran buenos tipos, estudiantes, inteligentes, divertidos, ávidos por crear, por sorprenderte. Pero… faltaba la palabrita.
Por momentos pensabas que qué hacías con un tipo así, qué te dejaba, de qué te servía. No le gustaba el cine… ¿De qué estamos hablando?
El pico fue la estadía en Punta del Este. Él, queriendo inculcarte a Los Ramones; vos, a Calamaro. Solos, él y vos. El bóxer blanco y el culotte de algodón. Playa. Hierbas. Piel tibia, quemada. Poros. Sentidos. Juegos. Estética. Masajes. Feromonas. Amarillo.
Naranja.
Rojo.
Por momentos había sentidos descontentos, sentimientos de culpa, vacío, algo de arrepentimiento... llegabas a sentirte inauténtica, divirtiéndote con un pelotudo que no tenía idea de qué era la vida, de quién era él y de quién eras vos; aunque siempre volvías a verlo, porque te embelesaba, porque pasaban bien, porque pasaban muy bien. El carácter de lo ineludible lleva a la aceptación –no a la resignación–.
Después de todo eras libre de actuar como quisieras y, un buen día, terminaste dejándolo, fue más fácil de lo que creías (aunque no era la primera vez que lo intentabas). Entre tanta conexión y desconexión, entre tanto y tan poco, lanzó cuatro palabras: “me gusta tu vida”.

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